Lazos que rompen fronteras

“En Cancún los agentes de inmigración se dieron cuenta del motivo de mi viaje y estuve a punto de ser deportado”, recuerda afligido John Angulo ese viernes en el que vio todos sus sueños suspendidos en el aire.

Ansioso por volver a ver a su esposa Vicky y de conocer a su pequeño de dos meses, Angulo decidió viajar (con tan solo 21 años) para Estados Unidos cruzando la frontera en Tijuana o como algunos le dicen por el ‘Hueco’. Aunque muchos aseguraban que sacar la Visa mexicana era más complicado ya que la mayoría lo hacían para atravesarse por la frontera, ¡él la obtuvo!, y teniendo en cuenta todos los riesgos que implicaba el viaje, la familia siempre lo respaldó y brindó palabras de aliento. 

“Yo salí de Cali el 19 de enero de 1999 con una agencia de viajes, en una excursión para México. El plan era (estando allá), reunirme con las personas que me iban a ayudar a cruzar, tomé esta decisión porque meses atrás a mi mamá y a mí nos habían negado la visa americana”, cuenta el palmireño criado en Cali, de aproximadamente 1.68 cm de estatura.

El viaje

Los 16 días que duró la travesía fueron tensionantes pero según John, Dios siempre lo protegió y permitió que todo fluyera correctamente. 

Con los pies en el Aeropuerto Internacional de Cancún un agente de inmigración se fijó en la maleta del palmireño y lo guió hacia las oficinas para entrevistarlo: ¿para dónde va?, ¿qué va a hacer?, ¿cuánto dinero trae?, fueron algunas de las preguntas que se le hicieron, con la última se sintió intimidado y mostró su billetera, olvidando que la carta de despedida que Rubén Darío (su padre) le había escrito estaba ahí.

“La mayoría de las preguntas las evadí diciendo que el viaje era un regalo por mi graduación, sin embargo, la carta era muy evidente, decía que me deseaba mucha suerte, que esperaba que pudiera reunirme con mi esposa y mi hijo en New York y que fuera feliz”, resalta el segundo entre tres hermanos.

Por cosas de Dios, como dice Angulo, el agente de contextura gruesa, no muy alto y de serio semblante, trajo un café y le dio la oportunidad de contarle qué pretendía

“La verdad es que yo me voy a cruzar por la frontera, quiero estar al lado de mi familia y necesito que usted me colabore”, recuerda que le dijo lleno de angustia e impotencia, en medio del llanto. 

El agente se conmovió y accedió, le entregó sus cosas y lo dejó ir. 

Cancún

En el segundo piso de un Hotel cerca del Planet Hollywood, Cancún, estuvo John por cuatro días a la espera del contacto que lo llevaría y presentaría con los reconocidos ‘Coyotes’ en la zona fronteriza. En ese entonces, según el dibujante arquitectónico graduado del Instituto CDA de Cali, no se alcanzaba a imaginar la magnitud de esa red de contrabando y tráfico humano de la que hacían parte las personas que estaban dispuestos a cumplir su sueño.

Al cuarto día el contacto llegó por el palmireño pero antes hicieron una parada en la capital, en donde se quedó nuevamente solo por tres días y según cuenta, llamó a su madre para decirle que se iba a devolver a Colombia porque nadie venía por él. Sin embargo, Martha lo motivó a que viera en un mapa el recorrido que ya había hecho, “estás más cerca de lo que imaginas, no te devuelvas”, le dijo.

Zona fronteriza

Al cuarto día lo recogieron y emprendieron vuelo hacia Tijuana, en donde y como tenían planeado, lo atravesarían en un camión por 900 dólares. Estando en La Puerta de México se dio cuenta que el Coyote lo había abandona y que mientras le ayudaban a solucionar, tenía que esperar en una casa vieja hecha de cemento, pintada con colores pasteles y custodiada por una mujer robusta, de cabello negro y con un delantal de cocina.

“Siempre recordaré que desde la casa se podía ver el muro metálico, mejor dicho la frontera ”, enfatiza.

Un banco de madera y un sillón de tela era lo único que lo acompañaba en el cuarto donde esperaba, además de las muchos nombres y fechas que habían en las paredes (al parecer de anteriores paseantes). “Nunca se me cruzó por la cabeza escribir mi nombre pero sí me impactó ver que algunos se habían quedado por años”, dice.

1.200 dólares fue la respuesta del Coyote al llegar, a la cual Ángulo se negó y pidió que lo dejaran ir, lo cual fue posible después de 15 minutos.

Sonoita, al otro extremo

Tensionado y con el deseo de llegar lo más pronto posible al hotel, caminó bajo el sol por una pendiente hasta lograr ver un paradero.

“Por seguridad me fui rápido por la mitad de la calle, el barrio no se veía muy bueno, reflejaba mucha pobreza y las personas estaban en las puertas de sus casas mirándome”, agrega John.

La cara de la estatua de la libertad adornaba la entrada del Hotel en donde Angulo había decidido hospedar, mientras le aconsejaban por teléfono que lo mejor era irse hasta Sonoita y preguntar por un tal Mario. 

“Viaje y conocí a Mario, el típico mexicano ranchero, de botas, sombrero y correa con hebilla ancha”, explica el hombre de 43 años. 

En la casa al noroeste de Sonora habían once personas de Guatemala, que al igual que John se iban a cruzar, todos dormían en el suelo, con las maletas como almohadas y algunas noches lidiaban con que algunos residentes tuvieran intimidad frente a ellos sin ningún pudor.  

 

¿Usted de dónde es?, ¿Colombiano, cierto? Son 1.800 dólares por cruzar, 900 aquí y 900 estando allá. Los colombianos son los que más dinero tienen, le dijo una semana después el nuevo Coyote, a lo cual Angulo no tuvo más que aceptar.

El cruce

En un carro modelo buick, color café oscuro, manejado por un gringo gordo y acompañado por el Coyote, viajó John junto a tres personas más aproximadamente por cuatro horas, en los pies del copiloto iba una de ellas escondida, mientras tanto ellos atrás iban arrodillados en el suelo, con la cabeza en la silla y tapados con las chaquetas.

“En el camino hicimos una parada para que el Coyote pagara y nos dejaran cruzar, cuando por fin llegamos a Phoenix, Arizona fue muy doloroso bajarnos, estábamos totalmente tiesos pero sobresalía la alegría”, cuenta entusiasmado.

Durante días Angulo junto al Coyote y las demás personas esperaron en una casa rodante a que los acercaran a un cajero, para pagar la cuota final y así ser llevados a un aeropuerto cercano. Aunque sentía mucho miedo, soledad y angustia, el amor por su esposa y su hijo Daniel lo motivaron a seguir y no desistir. 

Vida como inmigrante

En un Western Union John le entregó al Coyote, con una sonrisa en el rostro, el dinero que faltaba y fue llevado al Aeropuerto Internacional de Phoenix para tomar su vuelo hacia New York.

Ahora, 20 años después de esa travesía, aunque no deja de ser riesgoso y tensionante vivir como un inmigrante ilegal, Angulo se desempeña como trabajador independiente en construcción y vive con su mujer y sus hijos al norte de la ciudad de Miami, en el condado de Broward. 

“Vivir así no es fácil, las opciones de trabajo se reducen muchísimo y la mayoría de cosas que haces se pueden tomar como un delito, como manejar por ejemplo”. 

De igual manera, son muchos los beneficios y oportunidades que le ofrece este país, a él y a su familia, para organizarse profesional y personalmente, resaltando la seguridad y la tranquilidad con la que se vive. Es consciente, que el hecho de que sus hijos estudien y crezcan aquí trae muchos privilegios.

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